Dos sueños retóricos en Las Sergas de Esplandián
El destino heroico de Amadís y de su hermano Galaor se
prefigura en el ensueño que tiene Perión, su padre, en las
páginas iniciales del Amadís de Gaula (capítulo i), momentos
antes de su primer encuentro amoroso con Helisena. Otros
dos sueños señalan el episodio de Beltenebros en la Peña
Pobre, el primero anticipando la ruptura de Oriana con
Amadís (cap. xlv), y el segundo la posterior reconciliación de
los enamorados (cap xlviii). En el libro III (cap. lxxvii), la
doncella Mabilia confía que Amadís acudirá en socorro de
Oriana por un sueño que ha tenido la noche antes:
–Señora, agora es suelto un sueño que esta noche
soñava, que es que me pareçía que estávamos
metidas en una cámara muy cerrada, y oíamos de
fuera muy gran ruido, assí que nos ponía en pavor.
Y el vuestro cavallero quebrantava la puerta y
preguntava a grandes bozes por vos, y yo os
mostrava, que estávades echada en un estrado; y
tomándoos por la mano, nos sacava a todas de allí y
nos ponía una muya alta torre a maravilla, y dezía:
“Vos estad en esta torre y no temáis de ninguno”; y a
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VI. HACIA UNA TÓPICA DE LA ENSOÑACIÓN
esa sazón desperté. Y por esto, señora, mi coraçón
es mucho esforçado, y él vos acorrerá87.
El “ramo que de los cuatro libros de Amadís de Gaula sale”
(como reza el título del libro V de Amadís: Las Sergas de
Esplandián) depara dos sueños consecutivos de su narrador,
transcurrida algo más de la mitad de la historia (caps. xcviii y
xcix), que interrumpen las aventuras de Esplandián tras los
encuentros iniciales (y, por supuesto, secretos) con su
amada88. En el primero (“no sé en qué forma, estando yo en
87 Amadís de Gaula, p. 1223. Para el análisis de estos sueños, véase Juan
Manuel Cacho Blecua: Amadís: heroísmo mítico cortesano, Cupsa y
Universidad de Zaragoza, Madrid, 1979, pp. 65-74; Eloy R. González:
“Función de las profecías en el Amadís de Gaula”, Nueva Revista de
Filología Hispánica, XXXI (1982), pp. 282-291; Javier Roberto González:
“La admonición como profecía en el Amadís de Gaula”, Medievalia, 18
(diciembre 1994), pp. 27-42, y del mismo “La Vita Nuova de Dante en el
Amadís de Gaula: una posible intertextualización”, Lexis, XIX, 2 (1995),
pp. 353-368. Los comentarios que estos trabajos ofrecen a propósito de la
recreación literaria de los sueños proféticos en el Amadís excusarán que
pasemos por alto los detalles de unos episodios que apenas citamos.
88 Este episodio ha motivado el interés de unos cuantos estudiosos, como
Félix G. Olmedo: El Amadís y el Quijote, Editora Nacional, Madrid, 1947,
pp. 25-27; María Rosa Lida: “Dos huellas del Esplandián en el Quijote y el
Persiles”, Romance Philology, IX (1955), pp. 156-162, esp. 157-158; Edwin
B. Place: “Montalvo’s Outrageous Recantation”, Hispanic Review, XXXVII
(1969), pp. 192-198; Edwin Williamson: El Quijote y los libros de
caballerías [The Half-way House of Fiction. Don Quixote and Arturian
Romance], traducción de María Jesús Fernández, Taurus, Madrid, 1991,
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mi cámara, o si en sueño fuese, o si en otra manera pasase,
fui trasportado, sin que en mí casi alguna parte de sentido
quedase”)89, al narrador se le aparece la sabia Urganda y sufre
sus recriminaciones por no estar a la altura del trabajo que ha
emprendido, consistente en componer la crónica de los
amores de Esplandián y Leonorina, pues ni sus dotes
literarias ni sus conocimientos de la historia, y nucho menos
su condición moral, le autorizan para tratar materia tan
elevada, “que en una tan extraña cosa como ésta no pueden ni
deben hablar sino aquellos en quien sus entrañas son casi
quemadas y encendidas de aquella amorosa flama”90. Es
castigado su atrevimiento con la prohibición de proseguir la
crónica. El narrador despierta “siendo determinado en seguir
pp. 100-105; Mónica Nasif: “Aproximación al tema de la magia en varios
libros de caballerías castellanos con referencia a posibles antecedentes
literarios”, Amadís de Gaula. Estudios sobre narrativa caballeresca
castellana en la primera mitad del siglo XVI, Reichenberger, Kassel, 1992,
pp. 135-187, esp. pp. 152-153. Recientemente, Emilio José Sales Dasí ha
revelado la deuda de Montalvo con la traducción castellana del De casibus
illustrium de Boccaccio y el Laberinto de Fortuna de Juan de Mena: “Visión
literaria y sueño nacional en Las Sergas de Esplandián”, Medioevo y
Literatura. Actas del V Congreso de la Asociación Hispánica de Literatura
Medieval, edición de Juan Paredes, Universidad de Granada, Granada,
1995, vol. IV, pp. 273-278.
89 Garci Rodríguez de Montalvo: Las Sergas de Esplandián, edición de
Pascual de Gayangos en Libros de caballerías, I, Atlas (BAE, XL), Madrid,
1963 (2ª ed.), p. 495.
90 Ibíd., pp. 496-497.
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toda la obediencia de aquella gran sabidora en este caso”91, e
interrumpe la relación de las aventuras del hijo de Amadís.
A continuación, en el segundo ensueño, Urganda vuelve a
presentarse, dentro de una extraña cueva, para revocar el
mandato de guardar silencio, no sin antes rectificar la versión
de algunos hechos ofrecida en el Amadís msotrándole, según
ella misma afirma, “tales y tan extrañas cosas que, aunque
viéndolas comprehenderlas pudieses, tus ojos nunca las
vieron ni ver pudieran faltando yo de ser la intercesora”92. Y
así es cómo, “por ser imposibles de las dejar por escripto”93, el
narrador omite los detalles de su inesperada y admirable
aventura subterránea.
La experiencia onírica establece un puente entre distintos
niveles (pasado-ficción-Urganda y presente-realidadnarrador)
94 que da pie a una reflexión didáctico-moral en la
que se propone al hijo de Amadís como modelo del espíritu de
cruzada que encarnan los Reyes Católicos. Al comenzar la
Edad Moderna, apunta Samuel Gili Gaya, “ el caballero
errante de las aventuras solitarias tiene que sumarse, en la
novela y en la vida, al bloque católico y cesáreo de las grandes
91 Ibíd., p. 497.
92 Ibíd., p. 498.
93 Ibíd., p. 498.
94 María R. Lida ha visto aquí un precedente del Quijote: “Dos huellas del
Esplandián en el Quijote y el Persiles”, p. 157.
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empresas colectivas”95. El libro se presenta como espejo de
una caballería renovada, al servicio de la guerra santa y bajo
el dictado de los monarcas cristianos96. Rodríguez de
Montalvo, vencido aquí por “la tentación de vivir su propia
hazaña literaria”97, pone en boca de Urganda su entusiasmo
por la cruzada contra el moro, causa a su juicio grata a Dios y
justa a la que debe dar prioridad la política de los monarcas:
Y si a mí dado me fuese lugar para los ver y servir,
demás de les decir algunas cosas que no saben,
aconsejarles-hía que en ninguna manera cansasen
ni dejasen esta santa guerra que contra los infieles
tienen comenzada; pues que con ella sus vasallos
serían contentos de los servir con las personas y
haciendas, y el más alto Señor de les ayudar y
favorecer, como hasta aquí lo ha hecho, y en el cabo
hacerles poseedores de aquella grande gloria que
para los semejantes tiene guardada98.
95 “Las Sergas de Esplandián como crítica de la caballería bretona”,
Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, XXIII (1947), pp. 103-111, para la
cita p. 107.
96 Sobre Montalvo y la nueva cruzada, véase James D. Fogelquist: El
Amadís y el género de la Historia Fingida, Porrúa, Madrid, 1982, pp. 171-
187.
97 Emilio J. Sales Dasí: “Visión literaria y sueño nacional en Las Sergas de
Esplandián” p. 288.
98 Garci Rodríguez de Montalvo: Las Sergas de Esplandián, p. 500.
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Ambos sueños configuran el marco de una digresión sobre la
política castellana, toda vez que son adorno retórico para una
formulación del tópico de la falsa modestia por el que se
aspira a captar, con la benevolencia del público, su interés
renovado hacia la lectura de los episodios que restan. El
narrador da comienzo al capítulo que contiene el primer
ensueño confesando que se siente abrumado por la magnitud
de los sucesos de los que tiene que dejar memoria, pues
sobrepasa la capacidad de sus débiles aptitudes literarias:
Siendo ya mi ánimo y mi pluma cansados, y el juicio
en gran flaqueza puesto, considerando el poco fruto
que su trabajo alcanzar puede en esta simple y mal
ordenada obra, por ellos emendada, temiendo que el
yerro mayor no fuese de le poner fin…99
Desolado ante las dudas que le asaltan, el narrador opta
finalmente por retomar el hilo de la historia, “olvidando el
cansancio, desechando la pereza”100, cuando en sueños
Urganda le ordena detener su pluma para que no sea
tergiversada más la verdad de los hechos:
99 Ibíd., p. 495.
100 Ibíd., p. 495.
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Y tú, siendo tu juicio simple, como ya dije, tan
contrario de la discreción y sabiduría, no temiendo
la gran vergüenza que de los sabios discretos,
burlando, profazando dello, se te podría seguir,
cerraste los ojos del entendimiento, y como si en
algún lago con desesperación te lanzases, que muy
mejor partido para ti fuera, te ocupaste en querer
que por ti quedase en memoria aquello que ni sabes
ni sientes en qué consiste su mal y bien101.
Para que los lectores del libro vuelvan a tener noticia de las
hazañas de Esplandián, es necesario que en el segundo
ensueño Urganda anule la prohibición, sin descuidar
facilitarle antes información de primera mano sobre la historia
del caballero de Leonorina, para lo cual dispone que una
doncella suya lea en voz alta para el narrador el libro “de
aquel gran sabio maestro Elisabat, que escribió todos los
grandes hechos del emperador Esplandián, tan por entero
como aquel que a los más dellos presente fue”102.
La curiosa anécdota del veto a seguir escribiendo la historia y
su posterior levantamiento es, como decíamos, una variación
sobre el tópico de la falsa modestia. Con harta frecuencia los
autores declaran en el exordio que sólo se atreven a coger la
101 Ibíd., p. 495.
102 Ibíd., p. 501.
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pluma porque un amigo, un protector o un superior se lo ha
sugerido, pedido u ordenado. Curtius cita al respecto pasajes
extraídos de la obra de Cicerón, Virgilio, Plinio el Joven y
otros, e insiste en la fortuna de este lugar común durante toda
la Edad Media103. Incluso hay quienes, como Dante en la Vita
Nuova, deciden no seguir escribiendo y concluyen su obra
persuadidos por una experiencia onírica inefable:
Apresso questo sonetto apparve a me una mirabile
visione, ne la quale io vidi cose che mi fecero
proporre di non dire più di questa benedeta infino a
tanto che io potesse più degnamente trattare di
lei104.
El narrador de las Sergas se retrata en la captatio
benevolentiae como un simple plumífero, un autor de
menguado genio que culmina la historia gracias a la
intervención, entre airada y bondadosa, de la sabia Urganda.
Él no es sino un escribiente de las memorables gestas de
Esplandián, un humilde amanuense al servicio de una voz
103 Ernst Robert Curtius: Literatura europea y Edad Media Latina
[Europaische Literatur und lateinisches Mittelalter], traducción de Margit
Frenk Alatorre y Antonio Alatorre, Fondo de Cultura Económica, Madrid,
1989 (5ª reimp.), p. 130.
104 La Vida Nueva, edición de Julio Martínez Mesanza, Siruela, Madrid,
1985, p. 118.
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ungida de autoridad que le dicta y le libera de
responsabilidades:
Y esto hago, por te quitar del trabajo que pasarías en
lo componer de tu albedrío, y aun porque no me fío
de ti, ni estoy segura que tu juicio bastase para tan
grandes cosas contar. Y porque esto está en la letra
griega, para ti es excusado leerla, pues que no la
entenderías, leértelo en la tuya esta mi sobrina
Julianda, que aquí viene105.
El acierto de Rodríguez de Montalvo consiste en disponer esta
fórmula, propia de la tópica del exordio, in medias res; así se
justifica la interrupción del hilo de la crónica caballeresca en
un momento de interés que deja en suspenso al lector,
acuciado por averiguar qué derrotero seguirá la historia. Al
mismo tiempo, el carácter onírico de la anécdota hace posible
una intersección de planos que lleva al narrador a cambiar
impresiones con sus personajes y enriquece el universo de la
ficción, ahora más complejo, mejor construido. Cervantes
tomará buena nota del modelo, y explotará magistralmente
esta estrategia narrativa de corte e interferencia en la célebre
aventura de don Quijote con el vizcaíno (Quijote, I, viii-ix).
105 Garci Rodríguez de Montalvo: Las Sergas de Esplandián, p. 501.
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Con este episodio, las Sergas se inscriben en la tradición de
las obras inspiradas en sueños. En los casos en que una
vocación literaria o la composición de una obra en concreto se
presenta vinculada a una experiencia onírica determinante,
Luis Gil distingue cuatro categorías. Primera, en sueños se
recibe la orden o la prohibición de escribir o de dedicarse a
algún tipo de actividad literaria; segunda, el ensueño contiene
consejos sobre la redacción sobre la redacción de una obra,
sugiere el tema parcialmente o en su totalidad; tercera, la
percepción onírica transmite una revelación trascendental que
capacita carismáticamente a su receptor para la poesía;
cuarta, un ensueño alegórico decide el rumbo de una vida o
avisa sobre el futuro de la producción de un escritor106.
Aunque contaminados por la segunda categoría, ambos
ensueños del narrador de las Sergas responden
mayoritariamente a la primera: Urganda se le aparece
mientras duerme con el mandato de dejar la pluma, cosa que
él cumple hasta que, pasado un tiempo, vuelve la maga a sus
sueños para ordenarle que concluya el libro que había
comenzado. Por una serie de mandatos oníricos Sócrates se
dedicó a componer versos, Elio Arístides redactó sus
experiencias incubatorias en el templo de Asclepio, a Proclo se
106 Luis Gil: Los antiguos y la “inspiración” poética, Guadarrama, Madrid,
1967, pp. 117-118. Persio ironizó a propósito del ensueño de Ennio y de
otros famosos sueños de iniciación poética experimentados por Hesíodo y
Calímaco; vid. Sátiras, edición bilingüe de Rosario Cortés, Cátedra,
Madrid, 1988, “Prologus”, p. 100, nota al verso segundo.
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le prohibió hacer comentarios a los cantos órficos, y el tío
abuelo de Plinio el Joven compuso una historia de la guerra
de Germania para preservar la fama de Druso del olvido107. El
profeta Jeremías recibió a través de una voz oracular el
encargo divino de poner por escrito todas sus revelaciones (Jer
30:1). A Gautier de Coinci el diablo intentó en sueños
disuadirle de que escribiera Les miracles de Notre-Dame108,
Raoul Glaber contaba en su Historia (V, i) que un hombre de
venerables cabellos canos se le apareció una noche mientras
dormía y le ordenó acabar las inscripciones de unos mártires
que había abandonado a causa de unos dolores109, y al
cronista Muntaner, hallándose durmiendo en una alquería de
su propiedad, se le presentó en sueños un anciano vestido de
blanco para exhortarle con estas palabras:
—Muntaner, lleva sus e pensa de fer un llibre de les
grans meravelles que has vistes que Déus ha fetes
en les guerres on tu és estat, com a Déu plau que
per tu sia manifestat. E vull que sàpies que per
quatre coses senyaladament t’ha Déus allongada
107 Vid. Luis Gil: Los antiguos y la “inspiración” poética, pp. 118-119.
108 Vid. Marie-Christine Pouchelle: “Quan el meravellós no era imaginari:
en el segle XIII, Les Miracles de Notre-Dame de Gautier de Coinci”, en El
món imaginari i el món meravellós a l’Edat Mitjana, Fundació Caixa de
Pensions, Barcelona, 1986, pp. 101-126, para la cita, p. 118.
109 Vid. Georges Duby: El Año Mil [L’An Mil], traducción de Irene Agoff,
Gedisa, México, 1989, pp. 100-101.
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VI. HACIA UNA TÓPICA DE LA ENSOÑACIÓN
vida e t’ha aportat en bon estament e t’aportarà a
bona fin. […] La terça raó és que a Déu plau que tu
recontes aquestes aventures e meravelles con altre
no és viu qui ho pogués així ab veritat dir. […] E així,
per aquesta raon, lleva, e comença ton llibre e ta
historia.110
Como hemos advertido antes, los ensueños urdidos por
Montalvo participan igualmente de la segunda categoría
descrita por Luis Gil, en tanto que Urganda proporciona
materia narrativa al autor de las Sergas para que continúe su
trabajo ciñéndose a la verdad de la historia. Le guía por las
estancias de la prodigiosa cueva y le da a conocer la versión
autorizada de las hazañas de Esplandián, tal como salió del
puño y letra de Elisabat: “quiero ahora […] que veas por este
libro aquello que adelante sucede, y de aquí lo lleves en
memoria, para que, poniéndolo por escripto, sea divulgado por
las gentes”111. Homero, Píndaro y otros autores antiguos se
habrían beneficiado de semejante inspiración112. También
Basilio de Seleucia contaba que por el tiempo en que
elaboraba la vida de Santa Tecla ella le visitaba en sueños,
examinaba su obra con señales de aprobación y le urgía a
terminarla cuanto antes; de Caedmon, siglos más tarde,
110 Ramon Muntaner: Crònica, edición de Marina Gustà, prólogo de Joan
Fuster, Edicions 62, Barcelona, 1990 (3ª ed.), vol. I, p. 22.
111 Garci Rodríguez de Montalvo: Las Sergas de Esplandián, p. 501.
112 Vid. L. Gil: Los antiguos y la “inspiración” poética, pp. 119-122.
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asegura Beda el Venerable en su Historia ecclesiastica gentis
Anglorum que una noche, durmiendo, una visión onírica le
movió a cantar el infinito poder del Creador113. Esta clase de
revelaciones, comunes entre los hagiógrafos, tiene sus
ventajas: como advierte Pierre Saintyves, “lorsqu’un culte
manquait de témoignages anciens, il finissait toujours par
surgir quelque pieux chroniqueur qui inventait un rêve ou une
vision pour le justifier”114. En el prólogo al Tratado en defensa
de las virtuosas mujeres, su autor se retrata temeroso y
dubitativo cavilando a qué mujer excelente conviene dedicar la
obra, y tan ensimismado se halla que entra en un estado
soñoliento que le deparará un mensaje cuasi oracular:
Una voz a mis oreias se presentó, bien asý como
increpándome, diziendo:
“¡O enpeçible agua de Lete! ¿Cómo tienes así los
sentidos de aqueste turbados? ¿Dubdas tú quién sea
conosçiendo la muy esclaresçida rreyna de Castilla,
a quien la corona de virtudes mayormente que a otra
de las mugeres es devida?; a ésta presenta tu obra,
ya sabes ende que ganarás. Sy en algo tú falleçiste,
por su discriçión será corregido o benignamente
113 Ibíd., p. 120.
114 En marge de la Légende Dorée. Songes, miracles et survivances. Essai
sur la formation de quelques thèmes hagiographiques, Émile Nourry, París,
1930, p. 43.
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tollerado, e, si algo de bien escreuiste, por su fauor
será autorizado”.
E yo, asý, con tal boz, como soñoliento desperté del
penssamiento por quien era ocupado, quitando de
mis oios el velo que asý dubdar me hazía115
El motivo del ensueño inspirador, como se ve, es fecundo, y en
sus diferentes variantes ha visto extenderse su progenie hasta
la letras contemporáneas.116 Gabriel García Márquez, en la
justificación prologal de Doce cuentos peregrinos, recupera de
la memoria un viejo ensueño concienciador que fue el origen y
la idea rectora del libro, finalizado dos décadas más tarde:
Soñé que asistía a mi propio entierro, caminando
entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne,
pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos
dichosos de estar juntos. […] Al final de la cermonia,
cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos,
pero uno de ellos me hizo ver con una severidad
115 Diego de Valera: Tratado en defensa de las virtuosas mujeres, edición,
estudio y notas de Mª Ángeles Suz Ruiz, El Archipiélago, Madrid, 1983, p.
49.
116 Vid. Jorge Luis Borges: “El sueño de Coleridge”, Otras inquisiciones,
Alianza, Madrid, 1979 (2ª ed.), pp. 21-23. Asimismo, Horace Walpole y
Mary W. Shelley fueron movidos a escribir, por sendos sueños que
tuvieron, El castillo de Otranto y Frankenstein o el moderno Prometeo,
repectivamente.
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terminante que para mí se había acabado la fiesta.
“Eres el único que no puede irse”, me dijo. Sólo
entonces comprendí que morir es no estar nunca
más con los amigos.
No sé por qué, aquel sueño ejemplar lo interpreté
como una toma de conciencia de mi identidad, y
pensé que era un buen punto de partida para
escribir sobre las cosas extrañas que les suceden a
los latinoamericanos en Europa. Fue un hallazgo
alentador, pues había terminado poco antes El Otoño
del Patriarca, que fue mi trabajo más arduo y
azaroso, y no encontraba por dónde seguir.117
Si, tratándose de hagiógrafos y autores antiguos, lo típico es
“pura y simplemente la admonición, la vivencia realmente
tenida y su sincero relato”118, Montalvo mide distancias para
manipular a su antojo y no sin ironía el tópico literario del
ensueño inspirador119. La crónica de Esplandián se sitúa en el
117 Gabriel García Márquez: Doce cuentos peregrinos, Mondadori, Madrid,
1992, pp. 12-13.
118 L. Gil: Los antiguos y la “inspiración” poética, p. 119.
119 Lejos de interpretarlo en actitud irónica, Edwin Williamsom ve aquí a
Montalvo sumido en la contradicción entre fantasía e historicidad. En
consecuencia, se inclina a “considerar los famosos capítulos 98 y 99 no
como prueba de madurez literaria, sino como una estratagema de
Montalvo para ocultar un fallo de la imaginación”, El Quijote y los libros de
caballerías, p. 103.
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extremo opuesto de quien, como Dión Casio, confiere a los
sueños la virtud de comunicarle con el mundo sobrenatural y
de certificarle los hechos que analiza. Para este autor del siglo
III, al que una serie de experiencias oníricas orientaron,
estimularon e inspiraron para componer su monumental
historia de Roma, el establecimiento de vínculos tan estrechos
entre su actividad literaria y los sueños equivalía, como
asegura Fernando Gascó, “a la sacralización del oficio y a la
justificación del mismo por experiencias de carácter
religioso”120. Nada parece más lejos del pensamiento de
Montalvo, cronista en el limen de la edad moderna de sucesos
ficticios y remotos. En su obra, emparentada con la “historia
verdadera” o de “convenible crédito” y con lo que él mismo
llama “historia de afición”, en que lo verdadero se elabora con
elementos imaginados, el regidor de Medina del Campo
sintetiza multitud de elementos temáticos, retóricos y
estilísticos, que se derivan de ambos subgéneros como de las
ficciones caballerescas, para sumarse a “los que compusieron
historias fengidas en que se hallan las cosas admirables fuera
de la orden de natura, que más por nombre de patrañas que
de crónicas con mucha razón deven ser tenidas y
llamadas”121. Y éste es un factor nada despreciable en la
120 Fernando Gascó: “Caso Dión y los sueños”, Habis, XVI (1985), pp.
301-305; para la cita, p. 302.
121 G. Rodríguez de Montalvo: Amadís de Gaula, “Prólogo”, p. 223. Sobre
el concepto de historia fingida en la obra de Montalvo, contamos con el
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fortuna de un género que inaugura su protagonista Amadís.
Efectivamente, el indiscutible éxito editorial de los libros de
caballerías en la España del siglo XVI, y allende incluso de sus
dominios, prueba de la aceptación y del favor que disfruta el
género, ha de relacionarse con su presentación
pseudohistórica. Y en este sentido cabe entender el esfuerzo
de Montalvo por remozar un viejo tópico de sus modelos
historiográficos122.
estudio de J. D. Fogelquist: El Amadís y el género de la Historia Fingida,
esp. pp. 9-85.
122 En el siglo XVI, nota Fogelquist, “la historia fingida refleja, al igual que
las crónicas verdaderas de fines del siglo XV y del XVI, los ideales y
aspiraciones de los españoles en el momento en que España reconoce que
se sitúa en la cumbre de su destino histórico”, ibíd., p. 208.









