Sueños que llaman a engaño

Sueños que llaman a engaño
De todas estas consideraciones en las que juegan psicología y
doctrina se colige que no es, cuando menos, prudente confiar
en los sueños, por más que puedan revelar cosas ciertas o
anticipar lo que está por venir, porque dejan al insensato que
se entrega a ellos “cegado y engañado del diablo: porque lo
trata como a esclauo suyo”26. Un episodio del Libro de
Alexandre alecciona a propósito de los desastres que se siguen
de dar fe a sueños sin garantía, o mejor, en los que no está
certificada la inspiración divina. Antes de presentar batalla a
la hueste griega, Darío arenga a su ejército y rememora un
ensueño que él mismo ha tomado por anuncio de su victoria
sobre el rey macedonio (“Un sueño yo soñava que vos quiero
contar, / por ond’ estó seguro que serán a rancar”)27. Darío no
duda que se cumplirá punto por punto el halagüeño presagio:
Alexandre el loco que me es tan esquivo,
por ferle mayor honta fazíal prender bivo,
cadena en goliella levávalo cativo,
lo que será de vero segunt que yo lo fío28
26 Ibíd., p. 66.
27 Libro de Alexandre, edición de Jesús Cañas, Cátedra, Madrid, 1988,
cuaderna 951ab.
28 Ibíd., cuaderna 954.
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Pero el rey Persa es quien sale finalmente derrotado, con lo
que se demuestra su completo yerro al dar valor profético a lo
que soñó. El narrador no desperdicia la oportunidad de
extraer la consabida enseñanza moral: “El cuidar de los
omnes todo es vanidat”29.
También hay personas que se sirven de los sueños para
mentir y engañar. En estas arterías, se diría que las mujeres
tienen especial maña, habida cuenta de la cantidad de sueños
fingidos que sueltan a sus maridos para negarles la verdad:
“Fame est fète por decevoir; / Mençonge fet devenir voir, / Et
voir fet devenir mençonge”, sentencia con un pertinente
retruécano el “Fabliaus des Perdriz”30. Precisamente en otro
fabliau asistimos a los embustes de una vieja alcahueta que,
fingiendo haber tenido un pavoroso ensueño premonitorio,
enreda a un incauto marido cornudo31. Como la adúltera del
Esopete ystoriado, cuyo marido ciego sorprende subida a un
peral con un joven, capaz ella de convencer al cornudo de que
todo ha sido por su bien:
Mercurio por mandado del soberano Jupiter
aparesçiendo me entre sueños me dixo que subiesse
en vn arbol llamado peral, donde jugasse al juego de
30 Fabliaux. Cuentos medievales franceses, edición de Felicia de Casas,
Cátedra, Madrid, 1994, p. 180.
29 Ibíd., cuaderna 987ª.
31 “D’Auberée la vielle maquerelle”, ibíd., pp. 218-220
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Venus con vn mançebo & que assi seria rrestituyda
a ti la luz de tus ojos32.
En un cuento del Sendebar o Libro de los engaños, la esposa
de un segador elude confesar el asalto y la afrenta de que ha
sido objeto por parte de unos ladrones gracias a otro ensueño
inventado33. Un ensueño fingido permite también a la
Emperatriz de Grecia justificar su intimidad con Ypólito y
encubrir la relación adúltera que ambos mantienen. En el
Tirante el Blanco castellano de 1511, la ingeniosa dama
explica así cómo su difunto hijo se le apareció mientras
dormía y le encomendó “cuidar” con todo su amor al
compañero de Tirante:
E dezíame mi hijo: “Señora, pues a mí no podéys
aver en aqueste miserable mundo, tened por hijo a
mi hermano Ypólito, que yo le amo tanto como a
Carmesina”. E como dezía estas palabras estava
32 Esopete ystoriado (Toulouse, 1488), edición, estudio y notas de Victoria
A. Burrus y Harriet Goldberg, Hispanic Seminary of Medieval Studies,
Madison, 1990, p. 147. Otros ensueños fingidos, para engañar a un
rústico, en p. 142.
33 Sendebar, edción de María Jesús Lacarra, Cátedra, Madrid, 1989, p.
126.
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echado junto comigo, e Ypólito por obediencia estava
de rodillas en medio de la cámara34.
Volviendo al diablo, éste también cuenta con sueños de su
invención en el repertorio de las añagazas que emplea para
perder las almas incautas. Como en la aventura de la fuente
de la virgen, relato digresivo de la Demanda del Sancto Grial,
donde se le ocurre decir a un doncel que su madre “la reyna
fizo matar a su fija tanto que nascio, por vn sueño que auia
soñado que aquella fija auia de matar a su madre e a su
padre”35. Cuando se convence, erróneamente, de que su
actual hermana no lo es sino por crianza (o sea, que no
existen lazos de sangre entre él y ella), el desdichado joven es
arrebatado por un furor lujurioso que el demonio alienta en él
e intenta mancillar incestuosamente la virginidad de su
34 Joanot Martorell: Tirante el Blanco, edición de Martín de Riquer,
Planeta, Barcelona, 1990, cap. cclxii, p. 681. De otra parte, Juan de
Timoneda narra el ensueño fingido de Cepión Torcuato, con el que hace
saber a su esposa que sospecha sde su fidelidad y le insinúa su arrebatado
estado: “Y con este nocturno temor desperté muy desasosegado, como
quien se levanta de un sueño pesado fuera de todo sentido, y por muchos
días me turó un temblor de todo el cuerpo y pasión de corazón, que de mí
no sabía parte, El patrañuelo, edición de Federico Ruiz Morcuende,
Espasa-Calpe, Madrid, 1973 (4ª ed.), patraña iv, p. 45.
35 Demanda del Sancto Grial, edición de Adolfo Bonilla y San Martín,
Nueva Biblioteca de Autores Españoles, VI, Madrid, 1907, cap. clviii, p.
221.
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hermana, pero cae muerto al instante por la virtud de una
oración que ella acierta a pronunciar.
Si las visiones no quieren ser cuestionadas (“y de aquí creo yo
—escribe Antonio de Torquemada— que vino llamar a unas,
visiones, que son las que realmente son vistas; y otras,
fantasmas, que son las fantaseadas o representadas en la
fantasía”36), lo propio del ensueño es la incertidumbre. La
principal diferencia que hay entre ambas formas de
presciencia es, resume el padre Ciruelo, que “con la tal vision
queda el hombre muy certificado que es de buena parte”,
porque Dios alumbra su entendimiento en ese trance y le
certifica la verdad. “Mas en los sueños de los nigromanticos e
adeuinos [y aquí entran todos cuantos ensayan la adivinación
del futuro por la vía onírica] no ay tal certidumbre”37. No sólo
porque resultan a la postre engañosos en su mayor parte, o
porque se prestan al fingimiento de embaucadores al ser
producto de experiencias íntimas incontrolables y de muy
difícil verificación, sino también porque su interpretación (las
más de las veces en clave alegórica, con un discurso oscuro y
dudoso crédito) corre el riesgo de ser equivocada.
Muchos de los antiguos erraron desgraciadamente en el
esclarecimiento de sus sueños, asegura Barrientos, “en tanto
36 Jardín de flores curiosas, edición, introducción y notas de Giovanni
Allegra, Castalia, Madrid, 1983, p. 264.
37 Reprouacion de las supersticiones y hechizerias, p. 66.
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que, según dice Platón, algunos soñaron prolongamiento de
su vida y murieron luego”38. No hemos podido localizar la
fuente platónica, pero Gregorio Magno refiere el caso de un
hombre que entendió eso mismo en sueños; el crédulo sujeto
sufrió un fatal desengaño a los pocos días: “cumque multas
pecunias pro longioris vitae stipendis collegisset, ita repente
defunctus est, ut intactas omnes relinqueret, et ipse secum
nihil ex bono opere portaret”39. Cicerón narra la anécdota
(retomada por Valerio Máximo40) del general cartaginés
Amílcar durante el sitio de Siracusa: en sueños le fue
comunicado que al día siguiente cenaría en la ciudad, y lo que
interpretó como el anuncio feliz de su victoria, lo fue en
realidad de su derrota; cenó en Siracusa, efectivamente, pero
no como vencedor, según había presumido, sino como
prisionero41. Merece ser traída aquí la autoridad por
excelencia de la onirología medieval, Macrobio, para tratar
sobre las interpretaciones inadecuadas42. La postura del autor
de los Comentarios al Sueño de Escipión es, como expone
Silvia Longhi, unívoca y cristalina: “i sogni sono sempre
38 Tratado del dormir, cap. ii, p. 30.
39 Dialogi, lib. IV, cap xlix (P.L., vol. LXXVII, col. 412).
40 Factorum et dictorum memorabilium, lib. I, cap. vii.
41 De divinatione, lib. I, cap. xxiv, Oeuvres complètes de Cicéron. Ouvrages
philosophiques, Garnier, París, 1900, pp. 35-36.
42 Commentarii in Somnium Scipionis, lib. I, cap. vii, en Macrobe (Oeuvres
complètes), Varron (De la langue latine), Pomponius Méla (Oeuvres
complètes), Garnier, París, 1850, pp. 30-31.
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depositari di verità; ma è la nostra sapienza lingüística che
può dimostrarsi inadeguata a decifrarli”43. Homero (Ilíada II,
1-41) y Virgilio (Eneida III, 94-96ss) proporcionan dos buenos
ejemplos de confusiones de orden lingüístico: por no atinar en
la lectura de sus sueños, Agamenón condujo a los griegos a
una derrota frente al ejército de Héctor, y Eneas supuso que la
patria nueva de los troyanos les aguardaba en Creta y no en
Italia.
Por distinta causa, el Caballero del Cisne yerra en parte su
declaración del ensueño del emperador Otas de Alemania: tal
como entiende, vencerán a los parientes del duque de
Sansoña, enemistado con Otas, pero la paloma blanca que el
emperador veía salir de la boca de su sobrino Galieno no
anuncia “las altas nuevas que bolarán contra el çielo e por
todo el mundo deste fecho”, antes significa la muerte del
joven44. Doña Alda sueña en su trágico romance45 que, yendo
43 Orlando insonniato. Il sogno e la poesia cavalleresca, Franco Angeli,
Milán, 1990, p. 54.
44 La leyenda del Caballero del Cisne [231 primeros folios de la Gran
Conquista de Ultramar, Bib. Nal., Ms. 2454], edición de María Teresa
Echenique, Aceña, Barcelona, 1987, p. 139.
45 Los varios sueños que Alda tiene en las refundiciones rimadas de la
Chanson de Roland aparecen simplificados felizmente en este romance,
comenta Ramón Menéndez Pidal. Este ensueño —continúa— “no fue
inventado por ningún autor romancerista del siglo XV, como creía
Menéndez Pelayo, sino que es producto de esa elaboración tradicional de
que conocemos numerosas muestras: un largo episodio épico se reduce,
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por el monte, un azor se refugia bajo su brial, y allí mismo es
atacado y desplumado por un águila. Al día siguiente se sabe
que Roldán ha muerto en Roncesvalles, y se confirma el
sentido premonitorio del sueño, que contradice por completo
la interpretación feliz que una camarera suya había
propuesto:
–Aquese sueño, señora,
bien os lo entiendo soltar:
el azor es vuestro esposo
que viene allén la mar,
el águila sodes vos,
con la cual ha de casar,
y aquel monte la iglesia,
donde os han de velar46.
Frente a la rigidez de las visiones, que tienen por objeto
“transmitir la voz autoritaria de la cultura eclesiástica e
imponer un modelo social de tipo vertical”47, los sueños
convocan en torno a sí toda clase de críticas: se duda de su
mediante una prolija tradición principalmente oral, a una breve escena, de
sesgo rápido y semilírico”, Tres poetas primitivos, Espasa-Calpe, Madrid,
1968 (3ª ed.), p. 79.
46 “Romance de doña Alda”, El romancero viejo, edición de Mercedes Díaz
Roig, Cátedra, Madrid, 1980 (4ª ed.), pp. 223-224.
47 Jacques Joset: “Sueños y visiones medievales: razones de sinrazones”,
Atalaya, 6 (1995), pp. 51-70, para la cita p. 60.
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origen, de su valor premonitorio, de su significado, de su
correcta interpretación. Es muy difícil saber cuándo la causa
de un ensueño es divina, cuándo maligna, psicosomática o de
otra índole (hay autores que enumeran causas naturales
externas: los meteoros, los astros, las estaciones del año);
tampoco es fácil averiguar si anuncia el porvenir o no, si se
debe entender ad litteram o, por el contrario, requiere ser
descifrado en clave simbólica, y en qué términos exactamente.
El intérprete corre el riesgo de no separar con ojo certero lo
valioso de lo inútil en un mismo ensueño, pues existe la
opinión de que incluso verdaderos sueños se contaminan de
trivialidades: “No hay sueño que no contiene vanidad
exactamente como no hay trigo sin paja”, cita en su maqama
Sem Tob de Carrión48. De ahí la constante recomendación de
acudir a personas de probado juicio, sujetos autorizados, para
que desentrañen la verdad de un ensueño preocupante: “es
necesario juicio e consejo de gran sabio, que sepa discernir de
qué parte proceden los sueños tales”49. Y aun con todo, no
48 Vid. Proverbios morales, edición, introducción y notas de Sanford
Shepard, Castalia, Madrid, 1986, p. 89, nota al pie. Pedro Ciruelo
mantiene una posición muy distinta; a su juicio, en las revelaciones que
Dios envía durante el sueño “no se haze mencion de cosas vanas”,
Reprouacion de las supersticiones y hechizerias, II, cap. vi, p. 65.
49 Lope de Barrientos: Tratado del dormir, cap. ii, p. 27. Insiste en lo
mismo más adelante, dirigiéndose al monarca (seguramente Juan II, de
quien fue confesor): “suplico a tu Alteza que no des fe ni lugar a las tales
cosas, fasta ser fecho examen por parte de aquel que lo sepa facer, como
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siempre se eliminan las reticencias por parte incluso de
quienes conceden un margen de crédito a los sueños. El conde
Grimaltos confiesa en un romance que anda apesadumbrado
porque un triste y mal sueño
alterado me hace estar.
Aunque en sueños no fiemos,
no sé a qué parte lo echar,
que parecía muy cierto
que vi una águila volar…50
Parecida actitud se expresa en boca de Artús Dalgarbe: “bien
sabéis cuán grande error es dar crédito a sueño ninguno”51.
Se repite por doquier (está presente, sir ir más lejos, en los
dicho es […] Ca ante de todo examen, cosa deshonesta e vergonzante es
dar fe, e poner devoción en las tales cosas, si por ventura emanan de las
operaciones de la fantasía”, p. 66. Podemos sospechar que el dominico
obispo de Cuenca reservaba para sí, o cuando menos para sujetos
autorizados dentro de su estamento, la capacidad de entender sobre estas
cuestiones en la corte castellana. Para la trayectoria biográfíca y la
actividad política de Barrientos, véase el estudio de Paloma Cuenca Muñoz
en su edición crítica de Lope de Barrientos: Tractado de la divinança,
Ayuntamiento de Cuenca, Cuenca, 1994.
50 “Romance del conde Grimaltos y su hijo”, Romancero viejo, p. 180
51 La historia de los nobles caballeros Oliveros de Castilla y Artús
Dalgarbe, edición de Ignacio B. Anzoátegui, Espasa-Calpe, Buenos Aires,
1945 (2ª ed.), p. 129.
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cuatro libros del Amadís de Gaula52 y en Palmerín de Olivia53),
fijada en la tópica de los relatos oníricos como recordatorio, en
fin —y en consonancia con la doctrina clerical—, de la
imposibilidad de que la oniromancia sea una ciencia. A
muchos extraviaron los sueños, y quedaron defraudados los
que les dieron fe, resuena aquí y allá lo que pregona el
Eclesiástico (34:7). Como Cicerón, cabe interrogarse el soñador
qué certeza puede esperar de un saber (el de la predicción del
porvenir por los sueños) carente de reglas seguras, pasto de
charlatanes y falsificadores54. El cantarcillo tradicional
responde a su manera:
52 Antes de interpretar el ensueño de Perión, uno de los tres clérigos
sabios le previene: “Señor, los sueños es cosa vana, y por tal deven ser
tenidos”, Garci Rodríguez de Montalvo: Amadís de Gaula, edición de Juan
Manuel Cacho Blecua, Cátedra, Madrid, 1987-1988, lib. I, cap. ii, p. 250.
53 “¿Piensas que es vano lo que has visto?”, preguntan a Palmerín en
sueños; Palmerín de Olivia, edición de Giuseppe di Stefano en Studi sul
Palmerín de Olivia, Università di Pisa, Pisa, 1966, vol. I, cap. xii, p. 44.
54 “Qui sit ordo aut quae concursatio somniorum? Quo modo autem
distingui possunt vera somnia a falsis, quum eadem et aliis aliter evadant,
et iisdem non semper eodem modo?”, De divinatione, lib. II, cap. lxxi, pp.
174-175.
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Soñava yo que tenía
alegre mi coraçón,
mas a la fe, madre mía,
que los sueños sueños son55.
55 Corpus de la antigua lírica popular hispánica, edición de Margit Frenk,
Castalia, Madrid, 1990 (2ª ed.), nº 875, p. 395.